domingo, 19 de agosto de 2007

El paraíso mecanizado

El reloj, que surgió para ayudar al hombre, se ha convertido hoy en un instrumento para torturarlo.
Antes, cuando se sentía hambre se echaba una mirada al reloj para ver qué hora era; ahora se lo consulta para saber si tenemos hambre.
La velocidad de nuestras comunicaciones ha valorizado hasta las fracciones de minuto y ha convertido al hombre en un enloquecido mueco que depende de la marcha del segundero.
Los teóricos del maquinismo sostuvieron que la maquina, al liberar al hombre de las tareas manuales, dejaría mas tiempo libre para las actividades del espíritu. En la practica las cosas resultaron al revez y cada día disponemos de menos tiempo.
Los patronos, o el Estado Patrono, buscaron la forma de aumentar el rendimiento mediante la densificación de la labor humana: cada segundo, cada movimiento del operario, fue aprovechado al máximo, y el hombre quedo finalmente convertido en un engranaje mas de la gran maquinaria.
No nos engañemos sobre la posibilidad de escapar a este destino, mientras subsista la mentalidad maquinista. Sí en muchas regiones no se llego aun a estos extremos es, simplemente, porque no hubo el tiempo suficiente. Este es el caso de la India, la China, y algunos países de Sud América, en que el tiempo sigue corriendo “naturalmente”, porque esa mentalidad no ha llegado a dominar todavía en forma total. Aquí mismo en nuestra campaña, en algunas provincias andinas o serranas, impera aun ese sentido feudal del tiempo y del ocio, en que los hombres se rigen por el tiempo natural de los astros y estaciones:

Y somos desganados y criollos en el espejo

Y el mate compartido mide horas vanas

dice Borges: Yo mismo todavía recuerdo lo que era La Pampa de mi niñez, la diferencia entre nosotros los europeos y los “hijos del país”, para quienes el tiempo no existía sino para matarlo, para vivir tranquilo y despreocupado, para maldecirnos a los gringos que habíamos venido con nuestras fabricas y relojes.
Pero todo eso son restos menguantes de una época condenada. Los versos de Borges son mas la expresión de una romántica añoranza que de su realidad, porque él mismo vive en la enloquecida buenos aires y toma té. En nuestras grandes ciudades desapareció ya esa sensación del tiempo cósmico; nuestros altos edificios nos impide seguir el crecimiento y el decrecimiento de la luna, la marcha de las constelaciones, la salida y la puesta del sol.

E. Sabato